El regreso de Perdidos, diez años después, y las respuestas que esperábamos… o no

Los actores de ‘Perdidos‘ se han reunido este fin de semana con sus creadores, Damon Lindelof y Carlton Cuse, para celebrar el décimo aniversario de la serie (aunque lo cierto es que el episodio piloto se emitió el 22 de septiembre de 2004, así que todavía quedan unos meses para la fecha exacta).

Más allá de lo bonito de ver la foto con Hugo, Sawyer y el resto de la banda, tengo una extraña premonición que se repite como un gazpacho a las cuatro de la tarde: ‘Perdidos’ va a volver. Y cre que esto de celebrar el décimo aniversario no es más que una campaña encubierta para aumentar los niveles de ‘hype’, hacernos olvidar su final y crear de nuevo la necesidad de ver la serie (algo para lo que tampoco necesitarán hacer muchos esfuerzos).

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En fin. Volviendo al evento. Por mucho tiempo que pase, de las muchas preguntas que dejó la serie, hay dos que se repiten con más facilidad. Lindelof y Cuse respondieron así (vía Entertaiment Weekly):

1. ¿Estaban los pasajeros del vuelo Oceanic 815 muertos desde el principio?

(Cuse) “No, no, no. No estaban muertos desde el principio. Aunque aceptamos que se pudo crear un poco de confusión con las últimas escenas. Pero que no, que los personajes, definitivamente, sobrevivieron al accidente de avión y estuvieron en una isla muy real. Claro que, sí que estaban muertos cuando se encuentran en ‘la iglesia’ del final”.

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2. ¿Por qué ese final?

 (Cuse) “Desde el principio sabíamos que, aunque ‘Perdidos’ era una serie sobre la gente que estaba en la isla, metafóricamente también era sobre gente que estaba perdida y que buscaba el verdadero significado de sus vidas. Y por eso creímos que el final debería tener una componente espiritual, algo que profundizara en la idea del destino. Tuvimos muchas discusiones sobre la naturaleza de la serie, durante muchos años, y decidimos que necesitábamos que significara algo para nosotros y para nuestras creencias personales.

(Lindelof) “Para nosotros, una de las conversaciones más constantes con la audiencia era si la isla era un purgatorio y que nosotros decíamos que no era un purgatorio, que era real, que no les íbamos a hacer un ‘Sexto Sentido’. Y está claro que mantuvimos muchos misterios durante la serie, pero los guionistas decidimos intentar responder a un misterio que nunca ha tenido respuesta: ¿cuál es el significado de la vida y qué pasa cuando mueres?

Una pregunta de regalo: ¿Quién fue el personaje más importante de ‘Perdidos’? ¿Jack? ¿Sawyer? ¿Locke? ¿Linus?…

(Damon) “Supongo que habría que señalar al que terminó al cargo de la isla…”

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El humo negro de Malaysia Airlines

Casi te sientes culpable por pensarlo, pero, demonios, es inevitable. Hay tanto humo negro en la memoria que el hecho de que un avión desaparezca de todos los radares, de todas las frecuencias que nos marcan como ganado a lo largo y ancho del planeta, se disfraza de isla imposible, de abismo atemporal, de misterio filosófico, de John Locke pervirtiendo los designios del universo guiado por la eterna partitura de Michael Giacchino, bajo aquella escotilla, rodeado de mar, mirando al pasado. Buscando algo que está perdido.

El enigma del vuelo MH370 de Malaysia Airlines viene acompañado de una mitología involuntaria y febril que ocupa la vírica mente de todos los que seguimos religiosamente la ruta de la tripulación del 815 de Oceanic. No deja de ser enfermizo -una locura propia de un millonario atascado en un manicomio repleto de números que se repiten- comparar una noticia con una ficción. Pero es tan fino el umbral que los separa…

Lo último que hemos sabido es que el avión fue desviado de forma deliberada y que uno de los teléfonos a bordo del avión todavía da tono. La gente normal, la que no es como usted ni como yo, tiene cientos de preguntas invisibles. Nosotros, con las mismas cuestiones, vemos la escena así, sin querer: Sawyer se ha hecho con los mandos del avión, secuestrado por Charles Wildmore, gracias a un plan ideado por Jack, mientras que Sayid reconstruía un teléfono que ahora utiliza Desmond para llamar al otro lado del tiempo: “¿Penny?”

Es estúpido. Lo sé. Un insulto a las pasajeros del MH370 y a sus familiares. Pero la ficción es muy poderosa y, cada noticia, cada titular que actualiza su situación, viene acompañada de una imagen subliminal que se cuela en mi mente y me obliga a imaginar una solución irreal. No sé si a ustedes también les pasa. Si, como yo, se sienten mal por hacer comparaciones tan imprudentes y frívolas. Supongo que somos víctimas de la ficción. Y supongo que, por la misma razón, somos los únicos que todavía tenemos fe en la tripulación del MH370. No todo está perdido.

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El final de True Detective

Podríamos estar horas charlando sobre el final de ‘True Detective’, la serie de la HBO protagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson. Un capítulo repleto de diálogos brillantes, lecciones de filosofía, acción frenética y un suspense que recorre las entrañas. Todo desarrollado con un talento portentoso tras las cámaras. No hay duda de que la serie de Nic Pizzolatto es un tremendo peliculón que se prolonga durante ocho horas.

En los últimos días he leído de todo sobre esa escena final (tranquilos, no hay spoilers). Gente maravillada y gente decepcionada por esas palabras con las que se cierra la temporada. No quiero entrar a discutir el aspecto narrativo o ideológico de ‘True detective’, tan solo diré que yo pertenezco a los que siguen paladeando el desenlace. Quiero hablarles del término, del concepto, de algo a lo que la industria no nos tiene muy acostumbrados: el final.

Un final, el que sea, pero final. Las historias se escriben con un principio y un final. No son productos que se puedan extender a lo largo del tiempo y el espacio sin importar la merma evidente de calidad. Últimamente son cientos las películas y series de televisión que nacen con el único propósito de rodar una secuela con la que seguir sangrando a los espectadores. Una estrategia para engordar las arcas y estrujar la vaca hasta que desfallezca en el olvido.

Hemos visto pasar por delante de nuestras narices historias que nacieron con un carisma especial y que, por no dejarlas morir, no alcanzaron el final que merecían. ‘True Detective’ pertenece a esa nueva ola que nace para morir, para bordar cada plano, hasta el último, con un objetivo claro, definitivo e indiscutible. Un viaje pleno.

Hagan un pequeño repaso. No sé, a mí, a bote pronto, se me ocurren: ‘Héroes’, ‘El legado de Bourne’, ‘Cómo conocí a vuestra madre’, ‘El Hobbit’… incluso ‘Perdidos’. Todos, antes o después, demostraron su fobia al final. Escritores del mundo, maten a sus historias antes de que ellas caigan en el olvido. Sean valientes, como lo fueron con ‘Breaking Bad’. Dicho lo cual, amigos, vuelvo a insistir:vean ‘True Detective’.

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True Detective, un ejercicio de sinestesia

Si repasan las series de la HBO –un ejercicio siempre recomendable–, encontrarán que hay un nexo en común: no hay sentidos inútiles. En uno de los numerosos y magníficos diálogos de ‘True Detective’, el agente Rust Cohle (Matthew McConaughey) explica a los comensales qué es la sinestesia, esa curiosa capacidad para escuchar un color o saborear una canción. Y esa es, sin duda, una de las mejores forma de encarar la fantástica serie de televisión: un cocktail de sentidos.

A través de dos líneas temporales, los detectives Cohle y Martin Hart (Woody Harrelson), relatan los sucesos que rodearon a la detención de un asesino en serie, en Louisiana. Más allá de la terrible atracción y el indomable morbo que genera el guión de Nic Pizzolato, la serie es un impecable ejercicio de sinestesia. Podemos tener la tele en el más pulcro de los salones, pero bastan dos minutos de ‘True Detective’ para que la habitación huela a humo, a humedad, a pantanos abandonados; para que la habitación sepa a cerveza derramada en la barra del bar; para que la habitación se sienta como una camisa de franela y una pelvis desnuda. Para sentir suciedad.

‘True Detective’ mancha como manchan Dickens, Poe y Capote. Cada capítulo se embadurna como barro sobre la piel, masajeando la parte más oscura del cerebro y provocando una adicción completamente irracional por las charlas entre Cohle y Hart, dos poderosos personajes escritos con minuciosidad cirujana que recorren una amplia gama de extremos. Ambos, desde vitrinas muy opuestas, filosofan sobre la vida a partir de un cruel asesinato: ¿en qué creer?, ¿qué es la vida?, ¿dónde empieza y acaba el universo?, ¿qué es amor y qué es sexo?, ¿está el mundo enfermo…?

El relato criminal es un guión realizado con maestría cinematográfica. Desde el mismo ‘opening’, hay cientos de planos y fotografías memorables, entre los que destacan los seis minutos de plano secuencia del final del cuarto capítulo: antológicos.

Si no les convence ninguno de estos argumentos para ver ‘True Detective’, otro nada desdeñable:  Matthew McConaughey y Woody Harrelson. Los intérpretes bordan un trabajo espectacular, merecedor de toda honra, gloria y memoria. Será difícil suplirles en futuras temporadas.

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Lo más grande

Los éxitos de otros, cuando pasan por un filtro personal, se sienten como propios. Es el caso de la que es una de las más grandes series de televisión de la historia: Breaking Bad. No tenía duda de que sería la gran triunfadora de los Emmy. De hecho, debería crearse la categoría correspondiente para recibir un Oscar. Lo que haga falta. Hace poco escuché «cuando veo Breaking Bad me siento como si fuera uno de los primeros lectores de ‘La divina comedia’ y supiera que iba a trascender». Es verdad.

Caballeros, la epopeya de Walter White (Bryan Craston) es incombustible. Lo fue desde el primer capítulo, pero es que los últimos ocho episodios están siendo portentosos. A falta del broche final, la obra de Vince Gilligan es un derroche de talento formal que nace de una virtud todopoderosa: la escritura. Esa sensación de ver un episodio de la cuarta temporada y entender mejor los primeros capítulos. Esos guiños constantes al propio Walter, cambiando su forma de vestir, de comer, de hablar… Esa percepción del villano.

Del valor de una idea que en la vida real repugnaríamos y que en la piel de este profesor de química la aceptamos, la mimamos, la entendemos. La queremos.

Éxito. Al final esa es la lectura global de ‘Breaking Bad’. El éxito o, como lo define el propio White, «el imperio». Este verano, en la Comic-Con de San Diego, tuve la suerte de asistir a la presentación del final de la serie. Más allá de la anécdota (Bryan Craston entró en la sala con una máscara de Walter White; luego supimos que se había estado paseando por la Comic-Con disfrazado de él mismo), lo que más me gustó fue que me creí las palabras de Gillian: «estamos orgullosos”.

En esta vorágine de contenidos audiovisuales es difícil encontrar ‘orgullo’ sin una importante contaminación de exigencias de la productora, de favores publicitarios y de una insultante protección al espectador («esto no les va a gustar», «esto no va a vender»…). ‘Breaking Bad’ funciona porque es auténtica. Y la autenticidad se paga bien en taquilla.

Taquilla que muchas veces no coincide con la crítica. Qué gusto cuando todo encaja. Cuando todo se hace grande.

Mi enhorabuena, de principio a fin, de arriba a abajo.

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