Justin and The Lost Abbey: Q, A, O, P

Q, A, O, P. Cuatro letras que lo eran todo cuando el mundo latía a 8 bits. Hoy tienen poco sentido, ya que no se entiende un videojuego sin un mando ergonómico, repleto de botones, gatillos y joysticks sensibles al roce de una pluma. Pero por aquel entonces, hace ya un cuarto de siglo, el teclado era más que suficiente. El protocolo era tan estricto como apasionante: abrías la caja de cartón y sacabas los diskettes oportunos; leías las instrucciones de instalación y, una vez completada la barra de carga, arrancabas el juego; y antes, justo antes de empezar, buscabas la configuración y ponías el teclado a tu gusto: ‘Q’, para subir, ‘A’, para bajar, ‘O’, para ir a la izquierda, ‘P’, para la derecha, y ‘espacio’ para disparar. Un clásico.

Con un éxito en taquilla internacional, los amigos de Kandor se propusieron hacer algo que llamara la atención sobre ‘Justin y la Espada del Valor’. La idea llegó de David Colmenero: «¿Y si hacemos un videojuego a la vieja usanza? ¿Y si programamos un juego para Spectrum?» Así nació: ‘Justin and The Lost Abbey’.

«Cuando mostré la primera alfa para Spectrum en Kandor alguno que otro soltó una lagrimita al ver a ese Justin pixelado y me dieron el ‘si quiero’ tan deseado. Esa misma tarde nos pusimos a dibujar más bichitos, mapas y planteamos el gameplay inicial. Que básicamente se trataba de ‘llegar a la meta’», explica Colmenero.

Y, si ya me rendí ante los encantos ochenteros y noventeros de ‘Justin y la Espada del Valor’, no tengo más remedio que quitarme el sombrero y dibujar una sincera ovación para esta genialidad. Ojo, que no sólo se han conformado con programar un videojuego, también han diseñado la caja y las instrucciones, a la vieja usanza.

El blog de David Colmenero, aquí.

Descargar y jugar ‘Justin and The Lost Abbey’ en Spectrum, aquí

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Justin y la espada del valor

Si fuera padre estaría deseando llevar a mi hijo a ver ‘Justin y la espada del valor’. Digo más: desearía ser padre para poder llevar a mi hijo al cine. Probablemente tenga algo que ver mi más que confesada capacidad para disfrutar de los dibujos animados y el hecho de que considero ‘Hora de aventuras’ uno de los hitos culturales -y más complejos- del nuevo siglo. Pero, en cualquier caso, es un deseo sincero. Y es un deseo del que me gustaría hacerles partícipes. La hazaña de Justin convertirá a sus zagales en intrépidos caballeros. Eso es impagable.

Imaginen un reino de espadas, princesas, dragones, caballeros y… abogados. Sí, señor. Letrados que ponen normas para todo y que convierten las aventuras en un inagotable protocolo de papeleo, impuestos y colas frente a una ventanilla. Justin sueña con ser un héroe, como su abuelo, pero su padre tiene otros planes para él: estudiar Derecho. Guiado por el consejo de su abuela, Justin viajará en busca de la torre de los caballeros del valor para cumplir su vocación. Un camino repleto de obstáculos que vencerá gracias a la ayuda de Talia (Inma Cuesta), una camarera sin miedo al cambio, y Melquiades, un dudoso mago con aires de Carlos Jesús, shú shú.

El enorme elenco de secundarios liderados por Sir Antoine (Antonio Banderas), encadenan una serie de fantásticos guiños a los 80 y 90. Desde los duelos junto al mar de ‘La Princesa Prometida’, el entrenamiento de ‘Karate Kid’, la destreza de ‘El Primer Caballero’ y la leyenda de ‘La Guerra de las Galaxias’, hasta las poses de las Fuerzas Especiales de Freezer en Bola de Dragón. Una película que crece conforme avanza el metraje, de factura internacional, pero que se siente muy nuestra. Con un talento visual que confirma la tremenda evolución de Kandor, el estudio granadino que sigue dando pasos de gigante con cada trabajo (’El Lince Perdido’, 2008, y ‘La dama y la muerte’, 2009).

Ahora que cumplir una vocación es un privilegio a veces inalcanzable, es tremendamente satisfactorio ir al cine a disfrutar de 90 minutos de entretenimiento hecho en España. Kandor sigue la estela de Pixar y Dreamworks. Aún no los hemos alcanzado. Pero los que tienen que sentirse inquietos son ellos, que pierden distancia.

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«¿Qué hacen los padres?»

“¿Qué hacen los padres?” Hacía tiempo que no veía una sala a rebosar. La fila que teníamos detrás estaba llena de niños, cargados con gominolas y derrochando expectación a la pantalla que sus padres les habían prometido. Casi puedo imaginar ese momento tan envidiable, tan perfecto, en el que el equipo de Kandor sentó a sus hijos a la mesa para decirles que ya era la hora, que había llegado el momento, que iban a conocer a Justin. Como si fuera un nuevo hermano.

La patulea de adultos pilló por sorpresa a la pandilla de zagales, alterados antes de que comenzara la premiere en Granada de ‘Justin y la espada del valor‘. “¿Qué hacen los padres?”, preguntó una niña encantadora. “¿Qué hacen los padres”, empezaron a repetir el resto, a coro, sorprendidos con la pinta que gastaban los mismos que les regañan por gritar a la hora de la siesta. Los adultos, miembros y amigos de Kandor, llevaban unos enormes pelucones naranjas, en honor del valeroso protagonista del film que ellos mismos han parido.

Estoy deseando hablarles de la película. Del orgullo tan absoluto, más allá de localismos y acentos, que produce ver un talento tan colorido. Tan plástico. Tan repleto de guiños a la generación de Miyagi y Montoya, de Tolkien y Lucas. Tan imaginativo, tan fantástico. Pero alguien tiene que decir, alto y claro, lo que han hecho estos “padres”: en un momento en el que soñar es un privilegio afincado en la derrota, en el que sacrificamos la vocación por una rutina, la que sea, con tal de salir del pozo, es francamente inspirador ver un proyecto que echa raíces y crece fuerte.

Los padres de Justin, estoy seguro, han pasado por momentos crudos donde no había luz al final del estudio. Pero, qué demonios, si yo me emocioné al aplaudir los nombres de los artistas que hay detrás de la película, de los padres que teníamos a nuestro alrededor, ¿qué no sentirían ellos? Siempre presumiré de haber asistido a la premiere de ‘Justin y la espada del valor’.

Siempre orgulloso de Kandor.

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La primera #VamosJustin

Supongo que será como la primera vez que fuimos al cine. Cuando todo era enorme y nos zafábamos de las piernas de los adultos para intentar conseguir el mando a distancia, en al cumbre del sofá. Si cierro los ojos y me concentro con fuerza soy capaz de imaginar a mi alrededor la sala de Madrid. Dicen que no es la primera vez que me llevaron al cine, pero es la que yo recuerdo. Supongo que era todo tan especial -primer viaje en familia más allá del pueblo, primera vez en la capital, primer hotel- que era fácil atesorar el momento en que mi madre dijo “¿vamos a ver ‘Hook’?”

Tenía nueve años y sabía lo que era ir al cine. Así que, definitivamente, no era mi primera vez. Pero sí es, a fuerza de nostalgia, la más importante. Estábamos en mitad de una gran plaza, abrigados por unos anoraks rojos de esos que te hacían parecer el muñeco de Michelín. Madrid era, probablemente, muy bonita. Pero yo sólo recuerdo la entrada de aquél cine, espléndida y marrón, de grandes piedras y escaleras en la entrada, como si fueran el ascenso al trono del reino. Nos sentamos en las butacas de una fila intermedia y vimos la película.

¡Bangra! -nunca supe muy bien cómo se escribía-, gritamos al salir. Qué experiencia tan bonita. Con los años, he leído cientos de críticas que ponen el ‘Hook’ de Spielberg como una bazofia horripilante, de lo peor que ha hecho el director de ‘Salvar al soldado Ryan’. Y, qué quieren que les diga, para mí siempre será maravillosa. No existe lectura sosegada o análisis exhaustivo que pueda cambiar mi parecer. La película es perfecta porque así es mi recuerdo, todo lo que rodea a la experiencia; la emoción de querer ser un niño perdido.

Como les decía, la sensación de hoy es parecida a aquella. A la del niño que sale del cine alucinado. La del niño que ve pasteles de colores donde el adulto sólo intuye barro. Hoy nos han invitado a la premiere en Granada de ‘Justin y la espada del valor’. Y estará llena de niños. Y será la primera de muchos. Y jugaremos con ellos. Y querremos, al salir, ser Justin.

#VamosJustin

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