JE Cabrero

El cine siempre fue la excusa

Carancho

Carancho: “Arg., Bol., Perú y Ur. Ave del orden de las Falconiformes, de medio metro de longitud y color general pardusco con capucho más oscuro. Se alimenta de animales muertos, insectos, reptiles, etc. Vive desde el sur de los Estados Unidos de América hasta Tierra de Fuego”.

Hay un diálogo que quizás pasa desapercibido entre tanta imagen sugerente, pero que resumen el espíritu de la última película de Pablo Trapero (‘El Bonaerense’): una mujer llora desconsolada por la muerte de su marido en un accidente de tráfico. Ha sido atropellado. Ella habla, con una voz entrecortada, con un especialista en seguros. Y dice: “Qué haré ahora sin él, era mi vida. Maldita suerte, maldito accidente”. El otro frena el llanto y sentencia: “No, señora. Si no podemos evitarlo es un accidente. Si podemos es -subraya- un incidente”.

‘Carancho’ (candidata argentina a los Oscars) nos cuenta la historia de un estafador (Ricardo Darín), especialista en sacar dinero a las aseguradoras en accidentes de tráfico, y una médica (Martina Gusmán) con la que cruzará su destino. Más allá de la trama casi policial, la película ahonda sobre la volatilidad del destino y la certeza de que no hay nada que sepamos con seguridad. Una vuelta a los caprichos del destino conjugados por un un personaje que es la representación de esa ironía (un agente de seguros) y una doctora que se afana en sanar las vidas de otros mientras que la suya cae en una vorágine de destrucción.

El hecho de que la acción la centren los accidentes de tráfico no es casual ya que representan a la perfección el concepto de ‘destino caprichoso’; injusto. Así, toda la cinta está rodada con un desencuadre constante, como si estuviéramos viendo la acción desde un retrovisor en el que el vehículo del otro, el que provocará el cambio, nunca está centrado.

‘Carancho’ es una película de corte pesimista y un ritmo lento que puede adormecer al espectador. Con un mensaje poderoso pero que pierde fuerza en sus minutos finales, en los que la insistencia del director por aclarar que no somos dueños de nuestro futuro terminan convirtiendo las últimas escenas en una versión sui géneris del arranque de ‘Agárralo como puedas’.


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