Leer libros

Tengo una curiosa enfermedad: apilo libros. La mesita de noche se ha convertido en una trinchera donde las novelas se hacinan, una antesala de noches pasando páginas en el campo de batalla y un preludio al resto de su enumerada vida, la estantería. Mire donde mire veo libros. Ahora mismo hay un libro en el suelo, aún con el plástico, de la última vez que Antonio -el tipo del Círculo de Lectores-, pasó por casa; hay libros junto al ordenador, camuflados entre cómics y notas escritas a mano. Debajo de la mesa, sobre unas cajas, hay libros.

Pese a lo que pueda parecer, los tengo a todos controlados. Están donde tienen que estar. ‘La fortaleza de la soledad’, de Jonathan Lethem, y ‘Sunset Park’, de Auster, están, con el resto de la tropa, parapetados bajo el flexo, para leer con calma. A la vera del teclado residen varias publicaciones de Kapuscinski, casi como parte de un hechizo inspiracional, vocacional. ‘Fundamentos del Ajedrez’, de Capablanca -me apasiona ese apellido-, está siempre a mano, por si me da por estudiar una nueva jugada o practicar la apertura escocesa contra alguno de los anónimos con los que juego por Internet. Libros, al fin.

Como podrán suponer tengo mucha lectura pendiente. Siempre, de hecho. Entre otras cosas por lo que les decía antes, la dichosa enfermedad. El sábado, Día del libro, sufrí un poderoso ataque que no pude subsanar. Casi amanecí en la librería, rodeado de un perfecto orden literario. Me encanta cuando no vas buscando nada en concreto y dejas que ojos y dedos paseen por las cubiertas, dejándote querer. Autores y libros me gritan, me seducen o incluso me amenazan. Son como los niños huérfanos de Dickens, con la mirada ensayada y la lágrima fácil. Hasta que por fin -llámenlo destino, llámenlo marketing-, un título me hipnotiza. No hay escapatoria, en unas horas estará en la mesita de noche, junto al ordenador, sobre unas cajas. Apilado junto al resto, dispuesto siempre a dar lo mejor de sí mismo, a proporcionarme unas horas de fantasía, de libertad, de esa jugosa y adictiva sensación de pasar una página de papel.

El 23 de abril de 1616 un tullido con espada y tinta dejó en su mesita una pila interminable de papeles por leer. Se conoce que también sufría la enfermedad. Lo que no deja de ser curioso, ya que él, probablemente, sea la causa de que otros la suframos. Maldito Miguel.

  • Marta

    Amén.