JE Cabrero

El cine siempre fue la excusa

Príncipe de Persia: VGA, 16 colores y Sound Blaster

Los herederos del ‘q-a-o-p espacio’ –las teclas con las que jugábamos al ordenador. Quizás un concepto tan relevante y descriptivo como la ‘generación del Cola-Cao’- recordamos con sumo cariño aquellas líneas horizontales que rellenaban la pantalla del Amstrad como el reloj de arena que presagia un gran acontecimiento. La simpleza del verde esperanza –en diversas tonalidades- era absolutamente gloriosa: Bomb Jack, Frogger, La Abadía del Crimen (basado en ‘El nombre de la Rosa’), Game Over, Goody, Livinstone Supongo… Una innumerable colección de obras de arte.

Recuerdo que cuando tuvimos nuestro primer Pc gozábamos al verlo todo en colores. En los infinitos 16 colores que nos aportaba la VGA. Y las melodías casi orquestales de la Sound Blaster. Instalar un videojuego en el ordenador requería de unos conocimientos informáticos que nos volvieron absolutas máquinas de programar –incomparables a los de ahora, tan simples, tan cómodos-: dir, rar, cd, install.exe… Por eso, cada nueva aventura era un triunfo personal.

Uno de los juegos que más nos fascinó fue ‘El príncipe de Persia’. Lo hizo porque sus gráficos fueron una revolución, ¡parecían dibujos animados! No nos cansábamos de caernos al foso con pinchos o de ser aplastados por una puerta, para ver cómo el héroe se despedazaba y su sangre salía a borbotones por la pantalla. Ha sido, sin duda, uno de los juegos más difíciles de superar de la historia.

Imaginen si pasa rápido el tiempo –y lo viejos que nos sentimos los jóvenes- cuando nos dicen que van a hacer una película de ‘El Príncipe de Persia’ y, al contrario que los imberbes de ahora que disfrutan de versiones tan realistas como el cine, recordamos las eternas partidas de la tarde, después de los dibujos, con los dedos en las teclas correctas y el bocadillo de Nocilla a punto de caerse de la boca.

De la VGA, los 16 colores y la Sound Blaster a las proyecciones en 3D, más colores de los imaginables y un sonido envolvente hay un paso diminuto. ¿No es fascinante?


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